LAS PRUEBAS
Ahora mismo escucho a mi mujer contar por teléfono con todo
lujo de detalles a su madre cómo se ha desarrollado mi fracasada historia con
el 101 de Ronda. Duele. La gente llama, manda whatsapps, preguntan cómo ha ido
la aventura con la que durante tantos meses les he martilleado. Están en su
derecho querer conocer el devenir de todo. No es lo que más duele. Lo más
triste ha sido llegar a casa y empezar a desembalar todos los útiles que llevé
para la carrera. Sacar todos los enseres mugrientos y arrugados que parecen
tener rostro propio: el de la derrota. Especialmente me ha mortificado mirar mi
mochila, aún con el dorsal adherido y maltrecho -que ya he tirado a la basura-, sacar todos los malditos geles
y barritas que no pude consumir, agujas, antiinflamatorios, compeed, frontal,
etc, etc. Mis zapatillas cubiertas de
polvo de la serranía de Ronda me parecen un par de cuerpos abatidos en algún
combate. Lo he sacado todo lentamente, sin rabia alguna, he mirado mi camiseta
sucia con el emblema grabado en el hombro izquierdo y he sentido una tristeza
sosegada. Autocompasión, supongo.
LOS NOMBRES
Le podrán poner mil nombres. Podrán elogiar el esfuerzo
realizado, el pundonor baldío o las agallas de haberlo intentado, pero todo
encubrirá lo que realmente supone: retirada, abandono, imposibilidad. Fracaso.
Me he retirado en el km 70. Fui a Ronda para ser cientounero, para hacer 31 kms
más de los que finalmente pude, así que el silogismo es lógico y aplastante: no
he terminado el camino.
El porqué de mi decisión de abandonar me parece clarísimo:
luché y luché hasta que fui vencido. En mi fuero interno sé que es así, pero al
mismo tiempo no me consuela, no me alivia la frustración que sin duda prevalece
en estos casos. Sí, estoy frustrado, decepcionado, jodido.
EL CÓMO
Creo que estábamos haciendo una gran carrera, que todo
estaba saliendo bien, que nuestra cabeza se mantenía fría con el paso de los
kms, que controlábamos en todo momento la situación, desde el ritmo a llevar
hasta las paradas para cambiarnos de calcetines, el tiempo empleado en los avituallamientos.
Todo controlado menos lo incontrolable: el clima y el estómago. Creo que ambos van de la mano, y yo soy
enemigo del calor y soy asiduo a problemas estomacales. Bebí continuamente
sorbos de sales de mi mochila, bebí agua y aquarius en los avituallamientos,
engullí plátano y alguna naranja. Bebí, bebí y bebí. Pero no comí sólido.
Desprecié un sándwich en el km 25, confiando en que una infame barrita y un gel
serían suficiente. He aquí el error de bulto. He entrenado comiendo dátiles, higos
y sándwiches, ¿por qué demonios no hice lo mismo en la carrera? El maldito gel
sembró el germen de mi decadencia. Ya no fui el mismo. Pasamos por Arriate por
el km 32 aproximadamente y el pico de euforia aún se mantenía al máximo: 4
tipos corriendo felices, sabedores de que todo va bien, el cielo se acaba de cubrir-se acabaría abriendo de nuevo sin piedad -siendo recibidos en el
pueblo con vítores, aplausos, por mi mujer, que me hizo las fotos… Casi nos
abrazamos todos y nos besamos.
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3 victorias y 2 fracasos, en ese orden |
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Feliz km 32 |
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Pico de euforia en Arriate: directo al abismo. |
Después de infinitos caminos polvorientos compartidos con
romerías y gorrinos negros, y a partir del km 50 más o menos ya fui
visualizando el abismo al que me dirigía. Retortijones en el estómago y náuseas
prematuras ya vaticinaban un futuro poco prometedor. Para colmo, Txomin está
incluso peor que yo, con sensibles síntomas de indigestión. No voy bien, pero
lo rumio muy en mi interior y no digo nada. Tengo que llegar a Setenil, km 58,
recoger la mochila para cambiarme de zapatillas, de camiseta y recoger mi
frontal. A la entrada del pueblo ya estoy mareado, me zumban los oídos y el
nudo en el estómago es insoportable. Me agacho y me pongo en posición fetal,
cabizbajo. Convenzo a Antonio y a Pepe
para que prosigan ellos. Consigo volver a trotar y llego a la explanada
habilitada para la recogida de mochilas. Mi mujer me ha acompañado allí y al
estar con ella me convenzo de que tengo que dejarlo. No puedo comer. Doy un bocado a un sándwich,
bebo Coca-Cola y lo regurgito todo, pero no puedo vomitar. Txomin llega y los
dos acordamos que se ha acabado. Los dos estamos muy jodidos. Siento las
piernas intactas, los músculos dilatados por el calor pero operativos, sin
embargo me duelen las sienes y la boca del estómago. No podía abandonar ahí. Me fustigaría a mí
mismo durante meses si lo hubiese hecho. Otro esfuerzo más, otra lucha a muerte
con mi mente y mi cuerpo. Recojo la mochila, me cambio de zapatillas, de
camiseta y cojo el frontal para la caída de la noche. Miro a Txomin y le
espeto: “cámbiate, que seguimos”. Así lo hacemos, seguimos trotando y caminando
en las cuestas –como en toda la carrera-, pero antes del km 66 él por fin
vomita, yo sigo cabizbajo y empiezo a sentir escalofríos. No voy bien. Mi
cuerpo lleva 7 horas sin comer nada, cocinándose al sol y los líquidos que
ingiero no me ayudan, pues a cada sorbo
se incrementa mi dolor.
Es en el avituallamiento del km 66 donde
definitivamente nos miramos sentados en un banco, rodeados de marchadores,
algunos ya cadáveres con la vista perdida, y de legionarios mastodónticos que
siguen repartiendo cansinamente agua, aquarius, naranja y plátanos, y decidimos
que se termina. Pero aún no. Tenemos que ir al siguiente punto de evacuación,
que está situado en el km 70. 4 kms de rampas dantescas con piedra suelta que
habríamos de recorrer como buenamente pudiésemos. Por fin allí, me sentí como
Lorca en el barranco de Víznar, metido en un camión del ejército, rodeado de
tipos destrozados cabizbajos, cada uno con su historia, rebotando inmundamente
con cada bache y acompañados de mantas polvorientas. Allí creí morir, el
traqueteo del camión era interminable y cuando por fin nos bajamos en el
acuartelamiento de Ronda, como nos habían quitado los vales para la cena del km
80 al notificar nuestro abandono, nos denegaron la cena. Seguramente no habría
podido ni beber caldo, pero es lamentable que a los que se retiran –con lo que
ello conlleva- ni siquiera les den de cenar.
Mi mujer vino a recogernos en coche y entonces, después de
varios intentos infructuosos, conseguí
vomitar. Fueron sin duda mis peores momentos físicos. La noche ya caía
oscura, salpicada de luces de frontales de corredores. De ahí a tomar algo –por
fin-, recuperar fuerzas y esperar a que nuestros compañeros entren en meta. Por
cada corredor que entra en meta, admiración, envidia y dolor, a partes iguales.
En el parque, zona de meta, estoy rodeado de sudaderas rojas victoriosas; yo no
soy uno de ellos. Pepe y Antonio entran triunfales, han sufrido lo insufrible
pero lo han logrado heroicamente: se lo merecen, por todo. Los abrazo con todas mis fuerzas y siento lo
más parecido a la alegría de haber terminado yo, de todo corazón. Poco después
entra el grupo de Hugo, Chimo y otros amigos. Todos consiguen sus sudaderas de
finishers y sus ladrillos al cuello. Dolph ha tenido que retirarse en el km 92 con calambres insoportables. Ni puedo imaginarme cómo debía dolerle para que abandone.
¿LA REFLEXIÓN?
Han pasado apenas unas horas. No sé si habrá una moraleja,
una lección aprendida de todo esto. No he podido esperar más para intentar
contarlo. Tengo las ideas confusas y seguramente esta pseudocrónica refleje
el caos que siento, aunque me dejo sin mostrar infinitas imágenes, vivencias y
momentos, muchos magníficos. Como siempre, lo mejor la compañía, los momentos
compartidos de camaradería, el apoyo de mi mujer y mis compañeros, la comida de
hoy. Ha sido un placer compartir tantas horas de carrera con mis amigos,
ver lo que hemos visto, sentir lo que hemos sentido, pero no puedo ser
hipócrita y acabar esta entrada con esta falsa idea de felicidad: ante un abandono lo que
prevalece es la frustración y la decepción. Esa es mi bolsa del corredor hoy, el vacío. Y
lo siento, Antonio, pero no hay honra
sin victoria.