1996-2001. Cou.
Selectividad. Universidad. Los buenos viejos tiempos. Tiempos intensos, llenos
de colores, olores, emociones. Época de interminables partidos de fútbol sala,
curdas antológicas. Música a raudales. Conciertos, cerveza. Consumo compulsivo de cds –aunque todavía
ponía mis maltrechos cassettes, perfectamente decorados y etiquetados con las
portadas de los álbumes, con el line-up de la banda en cuestión, año de
publicación, etc -. Guns ‘n’ Roses,
Metallica, Ozzy, Anthrax, Nirvana, Soundgarden, Pearl Jam, Alice in Chains, Helloween,
Megadeth, W.A.S.P., Mötley Crüe, Skid Row, Iron Maiden van dejando paso a un nuevo
panorama musical, el gothic metal, el thrash-death, el grindcore, el black
metal de Dimmu Borgir. Paradise Lost, Anathema, End of Green, Crematory,
Therion, In Flames, Dark Tranquillity empiezan a sonar a todas horas,
intercalados con raras inmersiones del pop de Garbage, los industriales Nine
Inch Nails o Ministry, Strapping Young Lad… Podría nombrar miles de bandas,
cientos de revistas especializadas y una ávida búsqueda de grupos desconocidos.
Todas ellas conformarían una juventud donde ya por entonces una actividad
rutinaria había pasado a ser sagrada: correr.
Correr después de
un partido de fútbol sala; correr un sábado antes de irme de juerga; correr un
domingo por la mañana para purgar la borrachera de la noche anterior; correr
antes de estudiar; correr después de estudiar; correr de lunes a domingo; correr
siempre.
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Puente de Hierro. 2 kms más y marcha atrás. |
Entonces correr era muy fácil. Iba al
pueblo de al lado, y volvía. O iba al otro pueblo de al lado por otro tortuoso
camino y volvía. Una hora era todo lo que necesitaba para equilibrar mi vida.
Nada de gadgets tecnológicos ni material técnico específico. Las zapatillas
seguían siendo las de oferta, que jamás superaban las 4.000 pesetas de entonces,
y podían durarme perfectamente dos años. No las lavaba nunca, los pantalones de
fútbol sala y la camiseta de algodón aguantaban 2 ó 3 salidas (se quedaban de
pie solitas las camisetas). Todo muy sencillo. No me interesaban las carreras –creo
que hasta desconocía que existieran-, las revistas de corredores, los que me
adelantaban perfectamente pertrechados con colores vivaces y gráciles zancadas.
Ni siquiera me planteaba correr durante más tiempo, a ver qué se sentía. Una
hora era todo lo que necesitaba.
La Vía Verde. Monótona y llana. |
Estás obsesionado, Pareces un enfermo, ¿Qué
necesidad tienes? Pareces Forrest Gump, ¡Te vas a poner malo! son algunas de las perlas que me proferían
familiares y amigos. Por los caminos que solía correr, que hoy son una vía
verde, vereda actual de viandantes con y sin perros, ciclistas barrigudos, grupos de 5 ó más señoras con generosas
posaderas celulíticas, niñatos destartalados pavoneándose con los porros en las
manos y sus rosarios al cuello, escuchando el infame y nauseabundo reggaeton en sus iPhones, amén de otros deportistas de cierta dignidad,
antes no circulaba ni cristo. Sólo recuerdo una figura que surcaba los caminos
paralelos entre olivares con un ritmo endiablado y concienzudo: el 3 orejas. Me inquietaba y me
fascinaba su terca obcecación por correr, su mirada concentrada al suelo, con
sus gafas empañadas. Apenas me lanzaba una mirada de soslayo y seguía raudo a
lo suyo. ¡Cómo corre ese cabrón! -me decía. Sobre todo porque el 3 orejas había estado gordo. No es
que entonces pareciese un atleta consolidado, ni mucho menos, su vestimenta era
similar a la mía: cutre, y su fisonomía era más bien poco ortodoxa. Pero maldito el día en que yo iba conduciendo por el
puente de la carretera que pasa por encima de nuestro camino y lo veía, una y
otra vez, corriendo. No faltaba un solo día a su cita. Entonces yo volvía de
cualquiera que fuese mi menester, y lo primero que hacía era calzarme las
viejas Nike y lanzarme a correr, a ver si todavía estaba por ahí el 3 orejas.
Creo que esa
persona, a la que llevo sin ver más de 10 años, me insufló aún más
perseverancia a la hora de correr, y me demostró que no había horarios, ni
climatología, ni coyunturas adversas para echarte al camino a correr.