martes, 17 de febrero de 2015

Por la puerta de atrás

Mi  actividad bloguera lleva tanto tiempo estancada que ya casi siento vergüenza de mantener activo un espacio virtual con un nombre tan jodidamente explícito. Han pasado muchos meses, ya un año, y los eternos vaivenes en mi moral de corredor han llegado a su límite. La incredulidad de al principio se volvió temor con el tiempo y finalmente se ha convertido en realidad: es hora de ir asumiendo la situación y comprender lo incomprensible. Una macabra jugada del destino hace que padezca algún tipo extraño ( a día de hoy sigue siendo extraño ) de dolencia, enfermedad, síndrome, o vete a saber qué que me impide correr, me impide disfrutar.

He peregrinado por médicos y fisioterapeutas de toda índole, desde chapuceros hasta excelentes. He sufrido una operación de más de 5 horas en la que se me ha abierto la pierna en canal, se me ha practicado una obra imposible de ingeniería en mi arteria poplítea, ha pasado un tiempo de esperanza, de ilusión, ése indescriptible que se siente cuanto algo bueno está a punto de comenzar, me lo he creído, he luchado y definitivamente no mejoro.  Persisten los síntomas, peligrosamente cada vez más parecidos a los que padecía antes de la intervención, el pie sigue claudicando, sigo “perdiendo” los dedos del pie derecho y los músculos de la pantorrilla se hinchan. Incluso pareciera que la sintomatología se extienda a los dedos de la mano derecha…

Se trata de algo más que correr. Nadie mejor que yo lo sabe. No es practicar un hobby. Sencillamente no concibo mi vida sin la extenuante y dulce sensación de estar corriendo durante horas. Llevo un mes mintiéndome, intentándolo, saliendo a menudo con ilusión, adquiriendo nuevos pares de zapatillas, de ropa técnica… volviendo a los lugares donde soy feliz, coronando las cimas que siento como mías. No se puede de esta forma. No puedo seguir cerrando los ojos y vislumbrar futuras y lejanas carreras que nunca llegarán, entrenamientos largos con amigos a los que sinceramente ya no puedo seguir.

Sigo dejando mi devenir en manos de la medicina, sigo concienzudamente asistiendo a las citas médicas, sometiéndome a las pertinentes pruebas para hallar este misterio.  Hago todo lo que está en mi mano pero junto con la desesperación meramente deportiva va de la mano la mental, el sentirse en lugar de nadie, de baja laboral, de baja deportiva, de baja personal. Una carrera de fondo sin final, llena de obstáculos. Esta es la historia, así es el resumen. Todo por hacer, nada por resolver.


Mi necesidad de correr sigue intacta, y mucho me temo que eso seguirá siendo así, pero esta es mi última entrada en este blog, mi última alusión a  esta religión que con fervor he profesado 20 años.

lunes, 10 de noviembre de 2014

La banda sonora de la hora más oscura: DEATH

Quién me lo iba a decir… Hace un tiempo, cuando subir montañas era un juego y correr rápido una rutina más…

Cuando hace unos años calzarse las zapatillas era como darse una ducha o preparar una cena…
Cuando planificar objetivos y apuntarse a carreras era como vestirse por las mañanas para irse a trabajar…

Cuando visitar las páginas webs de material deportivo para decidir la próxima adquisición era más rápido que encender la televisión o abrir un libro…


Hoy estoy sereno.  Hace 19 años pasé por el quirófano para extirpar un fibroma en el fémur izquierdo y mi banda sonora fue Death, la mítica banda de Chuck Schuldiner y su glorioso “Symbolic” . Recuerdo poner el casette que me había comprado en un viaje de estudios de 2º de B.U.P. en un walkman y escuchar el disco tres veces consecutivas, desde la primera hasta la última canción. Aquello me pareció una experiencia mística. Esa guitarra… Esa BC Rich Stealth, esas composiciones tan técnicas, intrincadas e intensas marcarían para siempre mi existencia.

Hoy ya llevo dos semanas escuchando el mismo álbum. No para de sonar en mi cabeza, en el coche, en mi equipo de música, en mi iPod, en mi guitarra eléctrica… Vuelve a convertirse en la banda sonora trascendental de un momento crítico, más esta vez si cabe. Sí, Death es mi banda por excelencia, lo acabo de decidir. Hoy, cuando miro de frente a la posibilidad de dejar de correr, Death vuelve a poner marco sonoro. Mañana, una hora antes de poner mi pierna derecha en manos del cirujano, volverá a sonar el Symbolic. Me sumergiré en esos riffs y esos solos que solo Chuck sabía componer para sucumbir ante esta situación.

Ayer en la puesta de sol contemplé absorto el perfil endiablado de los Alayos, el majestuoso Trevenque, acompañado de su Cerro Huenes, la impasibilidad de la Silleta de Padul… todo ello presidido por la ya blanca Sierra Nevada. Todos tendrán que esperar, o llegar a ser mero paisaje indiferente a mis sentidos. Mis zapatillas tendrán que esperar , o convertirse en calzado para los necesitados.


Mañana la música será mi compañera. Como siempre fue.

lunes, 27 de octubre de 2014

Aturdido

Bien, pues tras 20 años de devota actividad deportiva me dispongo a afrontar un periplo novedoso para mí. Ahora ya no caben falsos dramatismos ni fingidas preocupaciones. Tengo que ir asumiendo que quizá no vuelva a correr. Nadie me lo ha dicho, pero en mi fuero interno sé que es así. Todos me transmiten optimismo al respecto, o tal vez sea incredulidad, en tanto que ellos, tanto como yo, son incapaces de concebirme sin correr. La pesadilla que empezó a finales de febrero está  a punto de extinguirse. Para bien o para mal. Nada de hernias ni nervios ciáticos que valgan, nada de metatarsalgias ni distensión de tibiales ni síndromes compartimentales. Ni hostias.

Después de mucha incertidumbre, negligencias y ansiedad la única vía posible es el quirófano. Una compleja obra quirúrgica que tendrá que reconducir el flujo sanguíneo de mi pierna derecha por otro lugar distinto de mi maltrecha arteria poplítea, que literalmente está reventada. Un doble bypass usando mi vena autóloga para volver a poder sentir la pierna derecha como mía, para volver a intentar andar más de 100 metros, para no volver a sentir espasmos, hormigueos, quemazones y calambres en toda la pantorrilla. Y quizá para volver a correr, sólo quizá.

Ahora esta época es extraña. Trato de autoafianzarme, buscar la confianza perdida, asumir mi inactividad, combatir la ansiedad y abandonarla en el pasado. Sólo me queda esperar la cita con el cirujano vascular y mientras llega tan sólo puedo hacer un ratito de elíptica y trabajar a conciencia el tren superior, todo ello con las vistas puestas en mi futura larga inactividad. Sudor baldío. Ahora no tengo una explícita dependencia física de correr, ahora puedo ver a la gente aprovechando estos magníficos días pseudo-otoñales pateando las calles, montando en sus bicicletas.  Pero me duele ver la montaña. Todos los días mi trayecto laboral me obliga a cruzar la Sierra de Huétor, con su embriagador verdor, sus picos, sus misteriosos pinares… Y siento estrés.  Dormido, sueño que estoy coronando alguna cima, bajando alguna colina a tumba abierta, una melodía de metal vikingo me acompaña y al despertar encuentro el desamparo y la hostia de cruda realidad.

Todo ha quedado en stand-by. Todo está paralizado y muchas veces me apetece ocultarme en algún lugar, huir de lo que sé que soy, de lo que llevo más de media vida haciendo, olvidarme de lo que me gusta y da sentido, de lo que conforma mi yo. Los días se limitan a transcurrir sin pena ni gloria, lentos.


Si miro al horizonte, si me atrevo, diviso un lejano mes de febrero cuando quizá todo haya salido bien y pueda empezar a trotar, cuando me despierte de esta pesadilla que me tiene aturdido y los colores, olores y sabores vuelvan a tener sentido y conformen este difuminado cuadro que es ahora mi vida.

martes, 14 de octubre de 2014

En alguna estación centroeuropea

El cielo seguía plomizo. Oscuro y pesado. Un frío intermitente sacudía sus huesos en una suerte de espasmos eléctricos que le hacía estar alerta,  pendiente de su alrededor. Aunque la realidad es que nadie le prestaba atención. Pasaba tan desapercibido como la lluvia que, una vez más, empezaba a repiquetear en aquel lugar.

Debe de suceder que la desdicha no conoce fronteras ni idiomas. Hacía más de dos meses que Michel había huido de su país, de su gente, de sí mismo. Sólo era consciente de que escapaba, pero no de hacia donde iba. La suerte o más bien el azar le había conducido a aquel lugar del centro de Europa. Seguía en su perpetuo estado de desasosiego.

Sin saber cómo ni por qué, allí se encontraba, apoyado sobre alguna farola, en el andén de alguna estación de tren centroeuropea. Como era habitual, fumaba con caladas cortas y estudiadas, con la mirada huidiza y esquiva de quien se sabe inseguro y fuera de lugar.
Comprobaba sus pertenencias cada 5 minutos: conservaba sus llaves, su cartera, su móvil, su encendedor, su bloc. Repetía el gesto de palparse los bolsillos metódicamente como si existiese la posibilidad de que algún agujero le hiciese perder algo. Se apoyaba en su pie izquierdo, como siempre, manteniendo el derecho ligeramente flexionado.  A veces se detenía a contemplar al resto de viandantes, sus miradas vacías, sus gestos espontáneos, sus rostros de determinación: conocían su destino.

Sabía que iba a coger el enésimo tren. Un tren que le llevaría a otra parte, que trazaría otra línea en el mapa físico al cual era incapaz de pertenecer. Sabía que se detendría en otra ciudad extraña, ajena a su insignificancia en el mundo. Sabía que aquella ciudad le devolvería la misma indiferencia de todas las anteriores, el mismo anonimato, el mismo desamparo, la misma soledad. Muy en su interior, quizá siempre subyacía la certeza del cambio, del punto de inflexión, del momento en que todo se pondría patas arriba y empezase a comprenderlo todo; que la delimitación geográfica era una proyección  de su existencia en el mundo. Puede que sintiera eso el algún momento. Cierta esperanza se dibujaba en el horizonte.

Pero hoy un escalofrío no para de recorrer su médula. Hoy su pasado ha cobrado un realismo inusitado para su consciencia; hoy sus fantasmas son tangibles y parecen acompañarle a cada paso. Todo su infortunio, sus errores y el dolor se han despojado de ese halo de irrealidad y se han hecho visibles. Lo sabe y por eso quiere huir de nuevo.

El denso humo de las fábricas cercanas, las ensordecedoras llamadas por megafonía a los pasajeros, el traqueteo metálico de los vagones y el tráfago de pasajeros yendo y viniendo le han sacudido y se ha puesto en movimiento. Siente que se ahoga, que para respirar necesita moverse. Arroja la colilla al suelo con vehemencia y sale corriendo.


Corre rápido sin importarle si ha perdido las llaves, la cartera, el móvil, el encendedor, el bloc. Quiere perder de vista esa infame estación centroeuropea de tejados encarnados, con sus columnas grises, esos amplios ventanales que no filtran luz, porque la luz y el sol le son desconocidos a esa ciudad, a ese país, a él mismo. Huye sin dirección, sin mirar atrás hasta que una pesada puerta metálica le impide el paso. Ha entrado en un edificio y ha llegado a una puerta sin saber si es de entrada o salida. Como una implacable metáfora de su realidad, su vida se halla estancada delante de una puerta.


No sin esfuerzo, ha conseguido abrirla y a duras penas se precipita por un corredor que lo conduce hacia abajo. Paredes blancas encaladas hace mucho tiempo, desconchadas, agrietadas. Las grietas que dejó atrás y que se le reproducen como células cancerígenas. Siempre ha odiado tocar esa rugosidad de las paredes, una sensación insoportable para sus dedos. Baja los peldaños de esa interminable escalera de dos en dos, de tres en tres, no hay barandilla a la que asirse. Con los ojos entreabiertos va percatándose de que habrá bajado dos o tres plantas. Otra puerta, otra pesada puerta, claramente más estrecha. No sabe por qué, pero tiene que abrirla, atravesarla, dejar atrás todos esos escalones. Sigue descendiendo, un jadeo ahogado y constante que van extenuándole poco a poco. Seis o siete plantas, calcula. La estancia se vuelve cada vez más angosta, un hálito húmedo se introduce en su garganta. Palpa el vacío, casi puede masticar la oscuridad que se ha cernido sobre él. No puede avanzar, no puede retroceder, rasga con sus uñas las paredes mientras apenas puede articular sus últimas palabras… Aquellas palabras que siempre supo que tuvo que haber pronunciado mucho tiempo atrás…

domingo, 10 de agosto de 2014

BELIEVER

      Hoy hace no sé cuántos días he vuelto a darme una vuelta por el universo bloguero. Unos minutillos nada más. He leído superficialmente algunas entradas de amigos corredores (sólo superficialmente, espero que sepan excusarme) y en general me he aburrido. Así de contundente lo expreso (excusadme de nuevo).  Ya no me entretiene leer sobre correr, como tampoco me apetece escribir sobre el tema, claro. Éste, mi blog, debería cambiar de nombre,  por cuanto ya no me apasiona contar los gozos y sinsabores de mi actividad motor vital. Sigo necesitando correr, por supuesto, casi a diario, pero ya estoy agotado. Este espacio está anquilosado, tanto como mi puñetero pie derecho. Y es que una vez transcurridos 6 meses desde que detecté esta molestia parece inevitable arrojar la toalla. Estoy harto. Fisioterapeutas, osteópatas, traumatólogos, podólogos –con los euros que conllevan- y cientos de artículos online no dan respuesta a mi maldición. Tiene mil nombres, miles posibles causantes, detonantes, problemas biomecánicos irremediables, hernias discales, artrosis, acortamientos de sóleo y peroneo,  pisada deficiente….  Pero ¿y las soluciones? Castillos en el aire. Infiltraciones, nuevas plantillas, cirugía, o el siempre polivalente consejo traumatológico de “deje usted de correr” son insuficientes.

     Sigo corriendo. Sigo sufriendo cada vez que salgo. En un recorrido de una hora tengo que parar al menos tres veces, descalzarme, masajearme la planta del pie y proseguir. Así todos los días.  Cada día con la vista puesta en el sol, buscando la luz de la esperanza que me dice “hoy será el día”. Pero el ansiado milagro no llega. Todos los días el dolor. Sigo pisando mis montes, el único lugar que me hace evadirme y poder masticar la felicidad por unas horas, donde en cada bajada técnica sigo divirtiéndome esquivando raíces y piedras, aun a sabiendas que al terminar el dolor será insoportable. No puedo dejar de correr. Tampoco me lo han prohibido. He estado tan derrotado con esta lesión que estaba dispuesto a cumplir la abstinencia que hiciese falta.

 Y en este desasosiego, esta incertidumbre, de este alambre sigo pendiendo, en un difícil equilibrio mental y físico que supone asimilar una verdad que quizá no quiero ni puedo ver, mintiendo a mi mente con otros estímulos externos, engañándome a mí mismo.

Hay miles de corredores pero pocos tan dependientes como yo. Puedo asumir no correr más carreras, no sentir la competición en la sangre, puedo asumir no hacer grandes desafíos… pero no cortar drásticamente con mi batería, mi energía, mi oxígeno. Seguiré saliendo a correr en cualquier condición hasta que sea totalmente imposible dar un paso más. Seguiré desencantado con tantos profesionales que son incapaces de comprenderme y de curarme, seguiré mintiéndome efímeramente con otros sucedáneos estivales, y seguiré creyendo en el milagro. Porque en el fondo soy un creyente.

lunes, 19 de mayo de 2014

ULTRAFONDO EN LA BASE AÉREA DE ARMILLA

Se lleva el ultrafondo. Y los Ironmen (porque con uno solo no basta). Y las Extreme Bike Races. Y el machaque a tutiplén en toda disciplina deportiva que se precie –el otro día vi a dos zumbados reventándose mutuamente en la playa jugando a las palas, más parecía un combate a muerte, “A trial by combat!”-. Ya no basta con mantenerse en forma y la operación bikini ha quedado ya obsoleta. Ahora toca exprimirse, amigos, sentir dolor y agonía y sudar de lo lindo. Y con ello no hay que olvidarse de ir bien equipados, armados hasta los dientes, que no falte un complemento y no descuidar la nutrición deportiva. Que te vas a marcar una carrerita por la base aérea de 10km, no olvides la mochila de hidratación, las zapatillas de trail –no hay que confiarse ante tanta gravilla suelta, por no hablar de los surcos producidos por la lluvia pretérita-,  la gorra-visera (preferiblemente con el slogan de Ironman, o Compressport como poco), un gps última generación con un buen altímetro ( la base engaña, parece llana, pero engaña). También es importante lucir emblemas que acongojen a tus rivales, infundir respeto nunca fue baladí, que se lo digan a Vlad Tepes, por lo que lucir algún tatuaje en plan tribal y una barba espartana pueden ser de gran ayuda para que tus rivales te miren con temor y admiración, al tiempo que te abren paso temerosamente ante tu grácil zancada.

Si eres chica, más te valdría no ser pusilánime ni anodina. Cíñete bien, tanto que tus curvas parezcan trazados imposibles,  lleva tops ultra cortos con escotes generosos, luce coleta caballuna y maquíllate sutilmente. ¡Ah! Lleva algo rosa. El éxito y los tropezones masculinos están asegurados.
Luce y presume de perro. No lleves un chucho cualquiera. Como mínimo, un Retriever te hará parecer El Señor de las Bestias (¡Ese Marc Singer y su pantera!).  Átalo corto, pero suelta un poco la correa ante la llegada de algún indeseable que desafíe tu camino. ¡Que tenga que saltar!

Date el lujo de a mitad de tu ultra-race ( km 5.5 ) pararte a marcarte unas abdominales, o unas dominadas, sin obviar los aparatitos de gimnasia de la tercera edad. Si el cubano ése colgado que salía en Cuatro podía entrenar en una obra ,¿qué no podrás hacer tú con tanto chisme sofisticado?
Cuando termines tus 10 kms, ni se te ocurra olvidarte de un buen batido de proteínas y no tomar hidratos de carbono si no vas a competir al día siguiente. Un baño de hielo ayudará a tus maltrechas piernas y una pastilla de glutamina te ayudará a dormir como un angelito.



Y mientras el machaque está top-trendy, yo me hago un ovillo y empiezo a pasar de casi todo lo que implique desgaste deportivo. Estoy lesionado y casi no me apetece averiguar qué me pasa. Estoy aburrido de esta situación y me he acostumbrado a ello. Y oiga, tiene su qué.  Estoy tranquilo, corro lo que me deja el pie, que es bien poco, el cuerpo me pide otra cosa y yo se la doy. Así de simple. Confío en que el mal que solo vino, solo se irá y así pasan los días, las semanas,  y veo a mis compañeros entrenar, hacer ultras y competir en montaña, y…¡contemplo el ultratrail en la base!

martes, 8 de abril de 2014

LESIÓN ANTIESTRÉS


Somos animales de costumbres. Nos adaptamos a los cambios, moldeamos nuestros hábitos y aceptamos con mayor o menor gloria el devenir cotidiano. En el universo runner uno puede estar en la cúspide de su modesta aspiración deportiva, esto es, puede estar entrenando bien, teniendo buenas sensaciones, buscando nuevos retos, ávido de nuevo material deportivo por adquirir, puede investigar todas y cada unas de las muchas pruebas que nutren el calendario para comprobar qué marca ha conseguido fulano o mengano. Uno puede planificar las semanas, contar los kilómetros o el desnivel positivo acumulado, puede mirar a un futuro no muy lejano y verse ascendiendo cimas de otras latitudes....

... O puede acostumbrarse a una lesión, asumir que no estás para trotes, borrarte de las carreras venideras y salir a trotar con dificultades y molestias cuando buenamente puedes y/o quieres. Y ahí está el quid de la cuestión. ¿Soy más feliz ahora o antes? ¿Me siento mal por no sentirme competitivo? Indudablemente, estoy más tranquilo. Es un estado contradictorio, pero perder la noción del entrenamiento superado y la amenaza de un objetivo te relaja. Aceptas. Asumes.

Ahora ni tengo prisas por averiguar la raíz de esta maldita y extraña lesión que hace que a veces pueda correr con una leve molestia en el pie y otras me pare en seco a los 10 minutos. No hay diagnóstico aún, ni el fisio ha atinado precisamente. ¿Qué más da? El tiempo -supongo- devolverá todo a la normalidad, las molestias desaparecerán igual que vinieron. Sé que algo no marcha: lumbalgias imposibles, dolores de isquios, sóleo a punto de explotar, planta del pie petrificada... Pero esa certeza me tranquiliza.

Lo que todo esto me suscita es una pregunta que lanzo al vacío: ¿Son necesarias las lesiones? No hablo dentro de una temporada en concreto, sino de un espacio de tiempo más amplio. No he tenido mi mejor año -ni de lejos-, ni en volumen de entrenamiento ni en nivel competitivo, y sin embargo esta inoportuna lesión (¿o quizá oportuna?) me está transportando a lo esencial de todo: correr por correr, tranquilo, disfrutando, sin dorsal, sin agonía.
Pero muy a mi pesar,a pesar de este extraño estado de ensimismamiento y tranquilidad , una duda terrible subyace: ¿Cuándo coño voy a estar bien de una vez?

martes, 18 de marzo de 2014

De nuevo al pozo

Lo peor que le puede pasar a un corredor no es sentir la frustración de no haber batido su marca, ni siquiera de saberse superado por sus rivales o colegas de entrenamiento. Tampoco es sufrir un período de sobreentrenamiento, o de un deficiente estado de forma. No es estar plagado de ampollas cada vez que sales a entrenar y las dichosas zapatillas no acaban de amoldarse a los pies. No es tener que perderse algún evento importante por cualquier motivo externo, ni tener que sacrificar alguna prueba por una saturación del calendario. Tampoco es lo peor sufrir unos calambres momentáneos, una pájara en la parte final de una carrera, unos vómitos...  Lo peor que puede sentir un corredor es no poder correr. La rotunda imposibilidad de realizar la actividad que conforma tu equilibrio físico y emocional. 

      Sí, estamos otra vez en el pozo. Aún no sé su profundidad, pero pozo es, al fin y al cabo. He dicho adiós a una carrera importante y quién sabe a cuántas más, he perdido la forma que con tanto sacrificio iba adquiriendo monte arriba y monte abajo, he dejado de sentirme ligero y ágil, pero lejos de todas estas nimiedades lo que realmente me hace saborear el polvo es intentar correr y no poder, junto con la incertidumbre. La incertidumbre, en cualquier situación dolorosa o crítica en la vida, es la auténtica medidora de nuestro nivel de tolerancia y perseverancia. Es la duda la que te pone realmente a prueba, no la certeza de lo imposible o lo inevitable. Me da igual todo lo expuesto hasta ahora, solo lamento simplemente no poder poner mi cuerpo en movimiento y poner un pie delante del otro durante al menos 1 hora. Es la espera de un diagnóstico la que corroe mis entrañas y me hace estar sumido en un constante estado de intranquilidad. Es en estos momentos cuando todo se tambalea, la geometría se desdibuja y las perspectivas se confunden.


      En esta situación sale a relucir el verdadero yo, me quedo desnudo y soy tan explícito que puedes descifrarme con una mirada de soslayo. Queda de manifiesto que la seguridad y la fortaleza mental penden de un hilo que calza zapatillas.

        Que correr es maravilloso es una falacia. Correr es una necesidad y crea tanta dependencia como la más adictiva de las drogas.

jueves, 13 de febrero de 2014

CÓCTEL

La tarde de hoy era una de esas condenadas a quedar perdidas en el ostracismo. Un anodino, gris y lúgubre puñado de horas de un implacable mes de febrero. De ésas que no pasan precisamente a la historia. Un plomizo y poco prometedor entorno que nada invitaba a abandonar el recogimiento y el estado contemplativo. Y mucho menos a arrastrar un cuerpo que parecía de plomo y ponerlo en movimiento.

Un jueves de los que tocaba series, pero en todo este preámbulo sombrío subyacía algún tipo de mensaje encriptado que quería manifestarse. Algo me susurraba que hoy no era día para congraciarse con la velocidad y el sufrimiento, más aún arrastrando molestias en un tobillo y con síntomas post-febriles.  Algo trataba de decirme que hoy sería una buena idea correr en soledad.

Me he lanzado a los caminos, aunque lanzarse es un verbo pretencioso para definir lo que realmente he hecho en los primeros compases de mi carrera. Me he arrastrado como he podido, pero justo antes de cerrar la puerta de casa y dar la primera zancada y empezar a mojarme bajo esta lluvia que bien parecía anglosajona se me ha ocurrido recurrir a la ayuda del  iPod. ¿Por qué no? Creo que por vanidad e impostura siempre he dicho que prefería salir a correr sin música, oyendo el crujir de las hojas y los latidos de mi ajado corazón, etc, etc. Como si hacerlo con música te rebajase el estatus de corredor o tu nivel de autenticidad quedara mermado…  He mezclado mis dos pasiones, de las que siempre me jacto: correr y música.

Me he creado un cóctel de melancolía perfecta, aunando el Post Rock de grupos como Mogwai, Explosions in the Sky, This Will Destroy You, Caspian (soberbio Waking  Season), pasando por el indie-rock de The National (England, ¡qué tema!). Me he puesto en modo shuffle en todos los sentidos, mis pasos no eran armónicos ni regulares, pero sin embargo el ensimismamiento ha ido in crescendo. Esa música realmente está creada en habitaciones grises, bajo cielos grises y tocada por personas grises. Es perfecta. La lluvia me ha golpeado en la cara y poco a poco, casi sin pensarlo, he ido dirigiéndome por caminos más sinuosos y embarrados, llenos de cuestas abruptas y resbaladizas. La noche ha caído y la música ha persistido con su lánguida cadencia, igual que mi ritmo. Ha llegado la rampa más dura y las guitarras y la potente base rítmica de Caspian han cesado y un piano cobra protagonismo. En un movimiento casi reflejo he movido mi mano con la intención de pasar la canción a algo más animado pero no lo he hecho. He dejado sonar a Ludovico Einaudi y su Divenire. Por un momento he entrado en un súbdito estado de calma, una quietud maravillosa que ha transformado mi cuerpo en un ente liviano, he sentido perder el lastre sobre mi espalda y mi mente, he palpado el olor de la lluvia y he visto en la oscuridad del camino.¡Qué maravilla de composición! Tras la cuesta han empezado a emerger de nuevo las luces de la ciudad, apenas un horizonte indefinido. Las piernas han dejado de dolerme y mis pensamientos han fluido nítidamente.


“Divenire” quiere decir algo así como convertirse, hacerse, mutar un estado, cambiar… que es justo lo que hoy necesitaba. Por etimología, me sugiere devenir. El futuro aún me debe algunas cosas y mientras las espero quiero hacerlo corriendo y escuchando buena música. Sintiendo. Viviendo.





lunes, 13 de enero de 2014

RUNNING BOOM


Somos legión. El running ha invadido pueblos, ciudades y hasta montañas. Atrás quedan los recuerdos de las mañanas melancólicas post-resaca de domingo, la gente aún desparramada por las calles, procedentes de algún tugurio y con evidentes síntomas de trasnocho. Ese panorama ya constituye una minoría, un grupo en extinción absorbido por las hordas de corredores y ciclistas matutinos que se disponen a horas intempestivas a devorar kilómetros y sudar de lo lindo.

 Se lleva la vida sana. Cada vez fuma menos gente, hay menos accidentes de tráfico y el material deportivo está en auge, por no hablar de las carreras. Carreras, carreras, carreras. Echa un vistazo a un calendario de este deporte y te verás abrumado por una cantidad de pruebas difícil de digerir. Las quieres correr casi todas, consultas tu agenda, es imposible, haces cuentas, decides inscribirte a una que tendrá lugar en unos meses y... ¡zas! las plazas ya están agotadas. Hay cientos y miles de personas dispuestas a correr un domingo más de 60 kms. Ya no hay pueblo que se precie que no disponga de su carrera popular, o de su trail, que últimamente consiste básicamente en salir a correr fuera de las calles asfaltadas, sean carriles, ramblas, veredas, huertas, fincas de olivos... 


Hasta hace unas semanas esto me llevaba a una reflexión unilateral: la crisis. Los gimnasios son caros, los vicios también, luego la gente empieza a correr. Por ello se organizan más carreras. Por ello hay negocio. Por ello las tiendas venden más zapatillas a precios escandalosos a corredores noveles dispuestos a desembolsar 130 euros por lo que le han vendido como “solución a tu hiperpronación severa”. Donde antes corrías con 150 corredores más, ahora lo haces con 700. 


Y las carreras benéficas. Y la causa lucrativa oculta tras el altruismo. Y los gallitos, esos populares con marcas insuficientes para correr con la elite pero que se pavonean con aires de semidioses por las carrerillas de los pueblos. ¡Y cómo los miran los noveles! 

La gente que empieza tiene ilusión, cualquier progreso es digno de admiración y las endorfinas se disparan sin parar cada vez que se calzan sus nuevas Asics Gel Nimbus de 140 euros y consiguen recorrer 2 kilómetros más que el día anterior. Ya están buscando sus próximas mallas largas, o su primer gps. Correr es maravilloso y se preguntan cómo no lo han descubierto antes. ¡Cuántas y cuántas horas desperdiciadas! Animan a sus conocidos a empezar a correr, les cuentan las bondades de un deporte que está de moda, les vacilan sobre su marca en el diezmil del pasado domingo, se jactan de que en unos meses debutarán en media maratón y quién sabe si algún día Filípides los abrazará. Y les han contado que hay una modalidad de correr por el monte que se llama “trail” y que es la leche.

Qué demonios. Yo siempre he sido de esos. Siempre he hecho lo mismo. Siempre digo que correr es el fundamento de mi vida. De hecho, es un modo de vida, pero qué pocos se atreven a decir que es un deporte ingrato, duro, que de cada 5 salidas, disfrutas como mucho dos, que muchas veces sales sin ganas y vas agobiado pensando en lo mal que vas, que no estás fino, que ya no tienes ese pico de forma, que alcanzar dicho pico lleva meses, pero se tardan un par de semanas de excesos en perderlo. Sí, con el tiempo se instaura en ti una convicción ambivalente: sufres cuando estás mal, maldices correr, pero jamás te planteas dejarlo. Tras una decepción un domingo, no tienes dudas de que el lunes volverás a calzarte las zapatillas. Miras la clasificación de la carrera anterior y sientes vergüenza y autocompasión. ¡Pero cómo se puede correr tan mal! ¡Pero cómo me ha ganado ése!

Cada vez corremos más. Y definitivamente he conseguido aclararme: pienso que es bueno este boom del running. Los que empiezan aportan la energía, optimismo e ilusión que corredores más veteranos como yo pierden cada semana, progresiva e inexorablemente.


viernes, 20 de diciembre de 2013

¿Y SI CORRER NO ES SUFICIENTE?

       Pues se está marchando el 2013. Otro añazo más, casi nada. A nivel deportivo tengo que reconocer que ha estado chulo, qué diablos. He corrido bastante poco en asfalto y digamos que me introducido irreversiblemente en el trail running. Sufrí la gran decepción de no terminar los 101 kms de Ronda en mi primera experiencia en la ultradistancia, lo que en su día me provocó malestar y ciertas dudas. Pero esto ya se sabe cómo funciona: los fracasos quedan atrás y enseguida está uno mirando hacia adelante. Aprendí. No tengo ni idea de qué, pero aprendí, puedo estar seguro de ello. Vinieron dos maratones de montaña, entre otras carreras de trail, más o menos montañeras. Siguieron muchas horas de montaña, muchas cuestas  y veredas técnicas y casi sin darme cuenta siento que he alcanzado cierto nivel en este mundo del trail running. He dicho “cierto”. Me habré quedado corto para algunos, pero seguiré en otra categoría inferior para otros.

        Pero lejos de valorar los resultados cosechados lo que siento en este final de este casi extinguido año es una sensación de intranquilidad. Algo se ha instalado en mis entrañas. Quizá no se trate más que de que soy un año mayor. O de que este país me produzca asco y vómito (hoy se lo leído a Sabina en una entrevista y no puedo estar más de acuerdo). Puede que ya correr no sea suficiente para huir de la mierda reinante y este horizonte dubitativo me produzca esta inquietud. A pesar de innumerables momentos de felicidad corriendo por los montes, lo que subyace sigue ensombreciendo mi rostro. No estoy contento. No me siento en paz con el mundo. Tengo una visión destructiva de mi entorno que me hace pensar en que a lo peor tengo un espíritu irremediablemente misántropo. O nihilista. O vete a saber y resulta que no soy más que un pringado insatisfecho. La pérdida de la fe en el género humano me preocupa, pero siento que no puedo mantenerme más en modo contemplativo. Siento la necesidad de gritar, de explotar, de quejarme, de rebelarme y de mandar al mundo a hacer puñetas.

Necesito leer y escuchar a la coherencia y la sensatez y de entre lo último que he buscado me voy a permitir recomendar este blog a aquéllos que aún no tengáis la fortuna de haberlo conocido:  www.livanvivo.blogspot.com  Si corres, si sientes algo, si estás vivo, debes pasarte por ahí y leer sus dos últimas entradas (“El club de lo corredores compulsivos” y “Salvaje”), entre otras.

Y dejando la metafísica a un lado y volviendo a la realidad atlética, a modo de visionario preveo muchísimas carreras de trail nuevas en pueblos recónditos nunca antes mencionados, muchísimas carreritas de disfraces, benéficas y de diversa índole corridas por miles de nuevos corredores, muchos Bikila verdes (cada vez salen más) sobresaliendo en todas ellas (¿Para cuándo una sección de petanca Bikila?) y mucha oferta de carreras en general, tantas que no cabrán en la agenda.

Runners del mundo: disfrutad estas fiestas y corred. Que en el horizonte siempre haya montañas. Corred siempre.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

CREEP


PUES COMO EXPUSE EN LA ANTERIOR ENTRADA, HAY MUCHOS FACTORES QUE IMPIDEN MI NORMAL ACTIVIDAD ESCRITORA EN ESTE BLOG. SE TRATA DE ESCRIBIR O CORRER Y ANTE ESA DISYUNTIVA ,FRANCAMENTE LO TENGO FÁCIL. 

SIN EMBARGO HAY DÍAS EN QUE LAS SENSACIONES – MÁS QUE LAS IDEAS- FLUYEN Y FLUYEN Y QUIEREN AFLORAR A LA SUPERFICIE, AUNQUE POR SENTIDO COMÚN UNAS VECES Y POR MERO ESTOICISMO OTRAS, SE QUEDAN DONDE SE GESTARON. DENTRO.

HOY, QUE HE DECIDIDO DAR RIENDA SUELTA AL TECLADO, NO OBSTANTE NO ES UN DÍA ESPECIAL. SEGUIRÁ SIENDO OTRO DÍA EN EL QUE LAS SENSACIONES SEGUIRÁN SEPULTADAS. ¡QUIÉN ME IBA A DECIR A MÍ CUANDO EMPECÉ A CORRER HACE MÁS DE 15 AÑOS QUE UNA ACTIVIDAD TAN PRIMARIA PUDIERA SUSCITAR TANTA INSTROSPECCIÓN!

HEMOS FORMADO UN CLUB DE TRAIL, HE CORRIDO EN JARAPALOS, ADORO EL MONTE... CONSEJOS, DEFINICIONES SUPERFICIALES, OPINIONES, DISPARIDAD DE OPINIONES, DIVERSIDAD DE IDEAS,LA INDIVIDUALIDAD EN LA PLURALIDAD.... ¿PAJAS MENTALES O ESCRITURA AUTOMÁTICA?

EN EL ÁLBUM “PABLO HONEY” DE RADIOHEAD HAY UN TEMAZO QUE SE LLAMA “CREEP” Y CUYO ESTRIBILLO NO PARA DE ZUMBAR EN MI CABEZA “I'M A CREEP... I'M A WEIRDO... WHAT THE HELL AM I DOING HERE? I DON'T BELONG HERE..."






lunes, 11 de noviembre de 2013

ESENCIA

Siempre solemos encontrar una excusa más o menos plausible a modo de justificación cuando dejamos de hacer algo, o cuando lo hacemos peor, o quizá cuando ya no nos gusta lo que hacemos.  ¿Falta de tiempo, ilusión, clarividencia, inspiración…? ¿Sólo cansancio? No me refiero a la actividad motor de mi existencia: correr sigue siendo y me temo que será el último resorte al que agarrarme cuando mis dedos resbalen invulnerablemente  por el precipicio. Correr siempre es sinónimo de libertad y paz mental y espiritual.

         Parafraseando el título de Murakami “De qué hablo cuando hablo de correr” diré simple y llanamente que ya todo está dicho, hablado, contado, explicado. Por mí y por cientos de miles de corredores-de los de antes y de los de ahora. Esta entrada estaba destinada a tratar del inevitable y descarrilado apogeo del running, pero al primer párrafo me remito: ¿falta de ganas? ¿Expresar lo ya expresado previamente?  Todo ese cúmulo de sensaciones e ideas que han morado en mi mente durante semanas simplemente se han disuelto, dando lugar a una efervescencia mental totalmente vacua. Creo que no tengo nada que contar. No es falta de ilusión o motivación por seguir desarrollando y viviendo esta actividad: disfruto tanto corriendo en el monte que me emociona sólo evocarlo. Así de tajante puedo manifestarlo. Es un estado contemplativo y pueril al mismo tiempo, una antítesis perfecta que tiene cabida en mí cuando me echo a trotar por los senderos.  La máxima expresión la alcanzo cuando estoy solo, cuando para vencer al letargo que los horarios y las agendas pretenden inducirme me inoculo una dosis infalible de trail, con sus ingredientes básicos: silencio, paz, naturaleza, deporte, viento, montaña.

Creo que es tan intensa esa sensación que no necesito contar otros detalles accesorios. No me hace falta contar mis próximos retos, ni detallar mis anteriores entrenamientos, ni informar de los estados de forma o lesiones o argumentar sobre las prestaciones de los últimos gadgets tecnológicos aplicados al correr. ¿Para qué escribir un diario de entrenamiento cuando he alcanzado el Satori, la iluminación, la comprensión última de la verdadera naturaleza de lo que amo?

Puede que sea la tendencia natural de las cosas. O que solamente todo en esta sociedad esté ya tan degradado y asolado que sólo nos quede refugiarnos en  lo auténtico, en la verdad despojada de fútiles capas, de ritmos, de cifras, de tanto atrezzo y de tantos actores mediocres y extras.  Y mientras seguimos actuando en tan dudoso teatro, el tiempo sigue siendo un monstruo con el que es imposible razonar, y miramos al fin del camino sin apreciar las piedras y los árboles.


A lo mejor es sólo cansancio y en la próxima vuelvo a hablar de materiales técnicos y de épicas maratones alpinas.

sábado, 12 de octubre de 2013

Fatiga Muscular (O la Gran Cagada)

Y por más años que pasen y siga corriendo, no dejaré de cometer errores. No será por falta de documentación en forma de lectura de artículos en internet, charlas con corredores experimentados,  consejos de fisioterapeutas, disertaciones con el propio sentido común…

No, no señor. Hace un par de meses me inscribí en la 31 Media Maratón de Granada y justo un mes después también a la maratón alpino Emotion Extreme, en Jaén, que tendría lugar exactamente una semana después.  Bah, al maratón voy con mentalidad finisher, luego reposo absoluto una semana y a tope por la media, a intentar la 1h20’. Una semana antes de la maratón de montaña Luis Alberto Hernando se había hecho con el primer puesto en la Sky Race de la Sagra y a la semana siguiente había logrado también el primer puesto en la Cavalls de Vent (100 kms de montaña, ejem).  Servidor tuvo –modestia aparte- una grandiosa y meritoria participación en la preciosa maratón montañera y a la semana después ha reventado su bíceps femoral en el km 19 de la Media Maratón. Las comparaciones son odiosas, y no viene al caso tratar la semana transcurrida entre ambas pruebas, pero por excusas que se pongan, por razones que trasluzcan, lo que es obvio es que es una completa insensatez competir dos semanas consecutivas.
¡Esa carita!

 A día de hoy, una semana después de la media, no puedo correr, supongo que tengo un tirón, o una microrrotura fibrilar en el femoral, o vete a saber, porque el fisio aún no me ha podido tratar. Y en el horizonte dos cositas: CxM de Pitres (27 de octubre) y sobre todo Maratón Alpino Jarapalos (16 de noviembre). ¿Y ahora qué?


Y vosotros, corredores, ¿qué pensáis de hacer 42 kms “recios” de montaña, darle a tu cuerpo una semanita de descanso ( bueno, sin correr sería una expresión más apropiada) y luego salir al domingo siguiente a 3’45’’/km con el noble fin de hacer MMP en una Media Maratón?

martes, 1 de octubre de 2013

EMOTION EXTREME: MARATÓN TRAIL "VÍCTOR ARAQUE"

Dice un proverbio chino que corriendo solo llegarás más rápido, pero si lo haces acompañado llegarás más lejos. Pues bien, yo digo que no habría ido más veloz si el pasado domingo hubiese corrido solo pero que no habría llegado donde llegué si no llego a ir acompañado. No, no estoy tratando de hacer jueguecitos morfosintácticos. Estoy hablando de algo que trasciende todo lo que sea capaz de escribir en un puñado de líneas, de algo inenarrable que tuve la inmensa suerte de experimentar hace un par de días: correr la maratón de montaña Emotion Extreme, en Jaén.

42 kms de agonía y éxtasis. Día inolvidable, meteorología perfecta y ajustada para el gusto más pureta de los corremontañeros: llovizna, bruma, niebla, rachas de viento en las cimas… La definición del trail running. Cortafuegos, descensos técnicos –con cuerdas y piedras pulidas resbaladizas - y otros no tanto, a pesar de que la organización se empeñaba en advertirnos de su peligrosidad –cosa que nunca sobra-, bosques, senderos, chaparros, guijarros afilados… y rampas. Rampas dantescas. De ésas que te obligan a caminar casi a cuatro patas, a agarrarte a raíces y piedras para lograr el impulso que tus piernas y tu corazón ya apenas te pueden otorgar, de ésas que cuando mirar hacia arriba en busca de la siguiente baliza rojiblanca, ésta parece estar incrustada en el mismísimo cielo. Rampas de las que duelen y te matan. 

Cuando los veteranos corredores montañeros te avisan de que esto hay que tomarlo con calma se quedan cortos. Cuando te advierten que estas carreras son largas, te percatas de que no es un adjetivo apropiado. Es otra cosa. No es una carrera. Es una aventura apoteósica. Eres tú:  una mezcla de tu maltrecho cuerpo y tu traicionera mente son los que inician un viaje hacia lo desconocido en un entorno mágico, una película que representa un impulso vital en medio de una tierna hostilidad.

Coronado el pico Jabalcuz (1640mts)
rHan pasado dos días y el embrujo se torna irreversible. Ya nada será lo mismo tras haber corrido una maratón alpina. Ya no habrá distancia ni ciudad alguna que me subyugue como lo hicieron esos montes. Atrás quedan la Mella o el pico de Jabalcuz, vencidos pero impertérritos, testigos vivos de la hazaña de 71 valientes que se atrevieron a desafiarles. 71 historias personales entrelazadas por esos senderos y pistas. Historias de corredores rápidos y lentos, fuertes y más débiles, solitarios y acompañados, primeros y últimos,  todas distintas pero todas con idéntico final: el de la fortuna de haber estado allí.





No sería de justicia no hacer mención a la influencia que para mi devenir actual en el trail han tenido mis compañeros de las tiradas dominicales, todos sin excepción hacen que los domingos se presenten como el incentivo a corto más plazo más deseado de la semana. No puedo obviar a ninguno, pero debo agradecer especialmente en esta ocasión a Hugo, trail runner convencido y convincente: él me animó a inscribirme a esta prueba pese a mis dudas, él me marcó el paso en todo momento, me ayudó en los momentos críticos y me acompañó durante 5 horas y media en esta fantástica odisea. Sin lugar a dudas, él podría haber rebajado un buen puñado de minutos al crono, mejorando nuestros puestos 11 y 12 en la clasificación,  pues cuando todos debemos ascender las rampas apoyándonos en nuestras rodillas, él lo hace como si paseara por el parque con una facilidad pasmosa.  Es la segunda carrera que hacemos juntos y lo cierto es que he descubierto algo que desconocía. Exceptuando alguna media maratón que he corrido acompañado por Txomin y Antonio, correr codo con codo y entrar en meta con un compañero engrandece aún más esta experiencia. 

Y toca el apartado de las enhorabuenas, un tópico obligado hoy:
Felices y silvestres

A Antonio “Dolph” por su impresionante 2º puesto, que refleja el estado de las cosas, ni más ni menos (que juega en una categoría distinta a la mía), a Antonio Sánchez por haber sufrido como nadie y triunfado al mismo tiempo, entrando eufórico y con ganas de repetir. A nuestras niñas, Nuria y Carmen, por haber sabido apreciar la belleza del trail, participando en la edición de 16 kms. Y por supuesto, no podemos olvidar al compañero que perdimos hace unos meses en un desgraciado accidente y que ha puesto nombre a esta prueba, gran amante de la montaña y la enseñanza:  Víctor Araque: la montaña guarda tus huellas.


Próxima gran cita: Jarapalos, 16 de noviembre. 44 kms. 5200 metros de desnivel.

domingo, 4 de agosto de 2013

Nunca nos fuimos

Hemos vuelto, aunque a decir verdad no nos hemos ido. Nunca nos fuimos, al menos atléticamente. Muy diversos asuntos me han tenido off-line casi tres meses, incluyendo mudanza de por medio, y esa sí que es una carrera dura de verdad. El caso es que en 90 días he entrenado, y mucho. Sigo sin darles un ápice de credibilidad a aquéllos que justifican su falta de entrenamiento o simple práctica de actividad física por escasez de tiempo. El día puede alargarse mucho y basta con recortarle algunas horitas para hacer lo que nos gusta. El deporte es la única religión que sigo, una amalgama cósmica de sensaciones que conforman mi esencia y un dogma que abrazo sin remilgos ni vacilación alguna.




He tenido que renunciar forzosamente a algunas horas de sueño, de lectura y obviamente, de actualización de este blog, si bien también he estado sin red más de un mes. ¿Y en qué he empleado tantas horas recortadas al día? Pues desde aquel pasado 11 de mayo, cuando abandonaba en el 101km de Ronda, he devorado cientos y cientos de kilómetros, en un 99% de trail. Hemos hecho mil y una rutas por todos los vergeles que nos ofrece nuestro paisaje granadino (Dílar, Alayos, Trevenque, Sierra Nevada,  Cruz de la Atalaya y Silleta del Padul…). De entre todas las rutas, cabe destacar una que completamos hace unas semanas en dos jornadas: la primera partiendo desde la Ragua y concluyendo en el refugio del Postero Alto (casi 28kms); la segunda acabando en Güéjar Sierra, pasando por los Lavaderos de la Reina (casi 38 kms), haciendo una experiencia inolvidable. Desde aquí reitero mi agradecimiento al gran Beni, que con su sapiencia y predisposición, hizo posible esta marcha, así como la que acometimos desde Diezma en nuestra preparación para el 101. Competí el 23 de junio en el I Trail del Mamut de Padul, quedando en una meritoria 18ª posición de la general, siendo a su vez 3º en la categoría de Federado Provincial de Granada, así que hasta tuve que subirme al podio. Desde que en COU me entregara una condecoración no sentía la misma sensación de torpeza al andar, con una fingida sonrisa puesta en el rostro.






El grupo de entrenamiento ha seguido creciendo y en alguna ocasión hemos superado la decena de corredores. A todos obviamente nos une el trail. Qué poco he desgastado mis Triumph 9 o mis Supernova Glide 4, y cuánta tralla le he metido a las Saucony Xodus 2.0 (R.I.P.), Brooks Cascadia 7 y a mi flamante nueva adquisición: la Saucony Xodus 3.0 –la quintaesencia en zapatilla de trail, la perfección absoluta para mis pies-.  La ilusión ha seguido intacta, hemos progresado –lo sé-, el entrenamiento en altura hace maravillas y ya hemos fijado la vista en el horizonte: en septiembre vendrán carreras de montaña, seguidas por las Medias Maratones de Octubre y Noviembre. El objetivo a medio plazo es conseguir 1h20’ en media maratón y competir y disfrutar cuantas carreras de montaña pueda. Así de sencillo. El asfalto ya no es lo mismo para mí. No me motiva ni disfruto recorriendo largas carreteras. Prefiero perderme por los montes, bajar veredas complicadas, subir rampas imposibles, cruzar ríos, derrapar en algún balate, bañarnos como chiquillos en los ríos y lagunas.


Aun así, he adquirido la Saucony Progrid Ride 5 con vistas a hacer series y entregar mi alma, como siempre hago, en los entrenos de velocidad. Sí, Saucony definitivamente es mi marca, algún día haré una entrada al respecto, pues tras probar prácticamente la totalidad de marcas del mercado, definitivamente, ésta es la que más se adapta a mis necesidades. No en vano ya he comprado 8 ó 9 pares de Saucony en mi trayecto como corredor.

También hemos hecho mountain bike, por supuesto, aunque bastante menos. Y es que la cabra tira al monte.  Y en esas seguimos, aquí metidos en esta cavidad tórrida, silenciosa y quieta que es agosto, pensando en la ruta que haremos el próximo día, dónde acabaremos bañándonos, dónde nos tomaremos las fresquísimas y merecidas cervezas.


De hecho, nunca nos fuimos.

domingo, 12 de mayo de 2013

101 KMS DE RONDA: El vacío


LAS PRUEBAS
Ahora mismo escucho a mi mujer contar por teléfono con todo lujo de detalles a su madre cómo se ha desarrollado mi fracasada historia con el 101 de Ronda. Duele. La gente llama, manda whatsapps, preguntan cómo ha ido la aventura con la que durante tantos meses les he martilleado. Están en su derecho querer conocer el devenir de todo. No es lo que más duele. Lo más triste ha sido llegar a casa y empezar a desembalar todos los útiles que llevé para la carrera. Sacar todos los enseres mugrientos y arrugados que parecen tener rostro propio: el de la derrota. Especialmente me ha mortificado mirar mi mochila, aún con el dorsal adherido y maltrecho -que ya he tirado a la basura-, sacar todos los malditos geles y barritas que no pude consumir, agujas, antiinflamatorios, compeed, frontal, etc, etc.  Mis zapatillas cubiertas de polvo de la serranía de Ronda me parecen un par de cuerpos abatidos en algún combate. Lo he sacado todo lentamente, sin rabia alguna, he mirado mi camiseta sucia con el emblema grabado en el hombro izquierdo y he sentido una tristeza sosegada. Autocompasión, supongo.






LOS NOMBRES
Le podrán poner mil nombres. Podrán elogiar el esfuerzo realizado, el pundonor baldío o las agallas de haberlo intentado, pero todo encubrirá lo que realmente supone: retirada, abandono, imposibilidad. Fracaso. Me he retirado en el km 70. Fui a Ronda para ser cientounero, para hacer 31 kms más de los que finalmente pude, así que el silogismo es lógico y aplastante: no he terminado el camino.
El porqué de mi decisión de abandonar me parece clarísimo: luché y luché hasta que fui vencido. En mi fuero interno sé que es así, pero al mismo tiempo no me consuela, no me alivia la frustración que sin duda prevalece en estos casos. Sí, estoy frustrado, decepcionado, jodido.

EL CÓMO
Creo que estábamos haciendo una gran carrera, que todo estaba saliendo bien, que nuestra cabeza se mantenía fría con el paso de los kms, que controlábamos en todo momento la situación, desde el ritmo a llevar hasta las paradas para cambiarnos de calcetines, el tiempo empleado en los avituallamientos. Todo controlado menos lo incontrolable: el clima y el estómago.  Creo que ambos van de la mano, y yo soy enemigo del calor y soy asiduo a problemas estomacales. Bebí continuamente sorbos de sales de mi mochila, bebí agua y aquarius en los avituallamientos, engullí plátano y alguna naranja. Bebí, bebí y bebí. Pero no comí sólido. Desprecié un sándwich en el km 25, confiando en que una infame barrita y un gel serían suficiente. He aquí el error de bulto. He entrenado comiendo dátiles, higos y sándwiches, ¿por qué demonios no hice lo mismo en la carrera? El maldito gel sembró el germen de mi decadencia. Ya no fui el mismo. Pasamos por Arriate por el km 32 aproximadamente y el pico de euforia aún se mantenía al máximo: 4 tipos corriendo felices, sabedores de que todo va bien, el cielo se acaba de cubrir-se acabaría abriendo de nuevo sin piedad -siendo recibidos en el pueblo con vítores, aplausos, por mi mujer, que me hizo las fotos… Casi nos abrazamos todos y nos besamos.
3 victorias y 2 fracasos, en ese orden

Feliz km 32

Pico de euforia en Arriate: directo al abismo.

Después de infinitos caminos polvorientos compartidos con romerías y gorrinos negros, y a partir del km 50 más o menos ya fui visualizando el abismo al que me dirigía. Retortijones en el estómago y náuseas prematuras ya vaticinaban un futuro poco prometedor. Para colmo, Txomin está incluso peor que yo, con sensibles síntomas de indigestión. No voy bien, pero lo rumio muy en mi interior y no digo nada. Tengo que llegar a Setenil, km 58, recoger la mochila para cambiarme de zapatillas, de camiseta y recoger mi frontal. A la entrada del pueblo ya estoy mareado, me zumban los oídos y el nudo en el estómago es insoportable. Me agacho y me pongo en posición fetal, cabizbajo.  Convenzo a Antonio y a Pepe para que prosigan ellos. Consigo volver a trotar y llego a la explanada habilitada para la recogida de mochilas. Mi mujer me ha acompañado allí y al estar con ella me convenzo de que tengo que dejarlo.  No puedo comer. Doy un bocado a un sándwich, bebo Coca-Cola y lo regurgito todo, pero no puedo vomitar. Txomin llega y los dos acordamos que se ha acabado. Los dos estamos muy jodidos. Siento las piernas intactas, los músculos dilatados por el calor pero operativos, sin embargo me duelen las sienes y la boca del estómago.  No podía abandonar ahí. Me fustigaría a mí mismo durante meses si lo hubiese hecho. Otro esfuerzo más, otra lucha a muerte con mi mente y mi cuerpo. Recojo la mochila, me cambio de zapatillas, de camiseta y cojo el frontal para la caída de la noche. Miro a Txomin y le espeto: “cámbiate, que seguimos”. Así lo hacemos, seguimos trotando y caminando en las cuestas –como en toda la carrera-, pero antes del km 66 él por fin vomita, yo sigo cabizbajo y empiezo a sentir escalofríos. No voy bien. Mi cuerpo lleva 7 horas sin comer nada, cocinándose al sol y los líquidos que ingiero no me ayudan,  pues a cada sorbo se incrementa mi dolor. 

Es en el avituallamiento del km 66 donde definitivamente nos miramos sentados en un banco, rodeados de marchadores, algunos ya cadáveres con la vista perdida, y de legionarios mastodónticos que siguen repartiendo cansinamente agua, aquarius, naranja y plátanos, y decidimos que se termina. Pero aún no. Tenemos que ir al siguiente punto de evacuación, que está situado en el km 70. 4 kms de rampas dantescas con piedra suelta que habríamos de recorrer como buenamente pudiésemos. Por fin allí, me sentí como Lorca en el barranco de Víznar, metido en un camión del ejército, rodeado de tipos destrozados cabizbajos, cada uno con su historia, rebotando inmundamente con cada bache y acompañados de mantas polvorientas. Allí creí morir, el traqueteo del camión era interminable y cuando por fin nos bajamos en el acuartelamiento de Ronda, como nos habían quitado los vales para la cena del km 80 al notificar nuestro abandono, nos denegaron la cena. Seguramente no habría podido ni beber caldo, pero es lamentable que a los que se retiran –con lo que ello conlleva- ni siquiera les den de cenar.

Mi mujer vino a recogernos en coche y entonces, después de varios intentos infructuosos, conseguí  vomitar. Fueron sin duda mis peores momentos físicos. La noche ya caía oscura, salpicada de luces de frontales de corredores. De ahí a tomar algo –por fin-, recuperar fuerzas y esperar a que nuestros compañeros entren en meta. Por cada corredor que entra en meta, admiración, envidia y dolor, a partes iguales. En el parque, zona de meta, estoy rodeado de sudaderas rojas victoriosas; yo no soy uno de ellos. Pepe y Antonio entran triunfales, han sufrido lo insufrible pero lo han logrado heroicamente: se lo merecen, por todo.  Los abrazo con todas mis fuerzas y siento lo más parecido a la alegría de haber terminado yo, de todo corazón. Poco después entra el grupo de Hugo, Chimo y otros amigos. Todos consiguen sus sudaderas de finishers y sus ladrillos al cuello. Dolph ha tenido que retirarse en el km 92 con calambres insoportables. Ni puedo imaginarme cómo debía dolerle para que abandone. 

¿LA REFLEXIÓN?
Han pasado apenas unas horas. No sé si habrá una moraleja, una lección aprendida de todo esto. No he podido esperar más para intentar contarlo. Tengo las ideas confusas y seguramente esta pseudocrónica refleje el caos que siento, aunque me dejo sin mostrar infinitas imágenes, vivencias y momentos, muchos magníficos. Como siempre, lo mejor la compañía, los momentos compartidos de camaradería, el apoyo de mi mujer y mis compañeros, la comida de hoy. Ha sido un placer compartir tantas horas de carrera con mis amigos, ver lo que hemos visto, sentir lo que hemos sentido, pero no puedo ser hipócrita y acabar esta entrada con esta falsa idea de felicidad: ante un abandono lo que prevalece es la frustración y la decepción.  Esa es mi bolsa del corredor hoy, el vacío. Y lo siento, Antonio, pero no hay honra sin victoria.

domingo, 28 de abril de 2013

COUNTDOWN...


2 semanas para la cita del año y casi desearía que no llegara. No me interesa el final del camino, sino el propio camino. Me estoy divirtiendo de lo lindo. Preparar un ultra es mucho más entretenido que una media o una entera, da igual. El entreno se basa en concentrar kilómetros a tutiplén,  miles y miles de metros disfrutones, sugestivos .  Cierto es que estaré algo más lento de lo que acostumbro, pues las series están olvidadas, pero en absoluto puede decirse que la calidad esté siendo mermada. Dios, miro alrededor desde mi terraza y todo, absolutamente todo el sistema montañoso que diviso lo he recorrido pateándolo.  Obviamente, no incluyo la alta montaña, que por lógica a estas alturas siguen bien cubiertas de nieve e invadidas por esquiadores.
Los imponentes Alayos

Planificar un ultra es complicado y seguramente los más puretas que conozcan nuestro sistema encontrará lagunas y deficiencias en la forma y en el fondo, pero nos da igual. En esta aventura estamos metido 4 amigos, pero cada uno se busca la vida como puede de lunes a viernes para meter kms, cada uno con sus quehaceres e idiosincrasia personal propia. Pero llega el domingo. Y el domingo es grande. Algunos se acicalan y se van a los bares. La gente ya no va a misa los domingos, ¿no?.  Muchos no son personas hasta el mediodía, desperdiciando medio domingo sobando la mona. El domingo es el día para sentirse vivo. Levantarse temprano de un salto y sin siquiera mirar por la ventana vestirte con determinación, desayunar y salir a disfrutar de estos vergeles que tenemos a nuestro alrededor. Corriendo. No puede ser de otro modo.

Hoy han caído casi 42 kms que podrían definirse como mixtos: hemos tocado un poco de asfalto y ciertamente empiezo a odiarlo. Todo duele más cuando corres por asfalto, la espalda se carga más, las rodillas gimen…  Hemos vuelto a toparnos con la lluvia, con granizos, con charcos. Este ha sido sin duda el año de la lluvia, el año que más he corrido y más me he mojado. El caso es que entre tanta ultra-tirada y alguna carrera de trail intercalada estamos cogiendo un puntito muy bueno, la verdad. Hoy he decidido apretar el ritmo a partir del km 32, más o menos. He decidido comprobar si mi cuerpo podría ponerse a ritmo alto después de subir y bajar casi 1600 metros acumulados. Y sí he podido, tampoco me he matado, obviamente, pero alcanzaba los 4’20’’/km con relativa comodidad. El trabajo está hecho. Al cuerpo se le ha enseñado a sufrir y todos llegaremos fuertes de mente y dejando a un lado a las temidas lesiones –tocaremos madera.  Ahora toca relajar los músculos y hacer acopio de fuerza mental , estiramientos, pocos kilómetros y buena alimentación.  Allá vamos.

viernes, 12 de abril de 2013

EVENTOS PRE-101


Un mes. Aproximadamente treinta días para que llegue la temida y deseada 101 de Ronda. No tenemos miedo. Si acaso respeto, pero desde luego hay motivos para embaucarnos por el optimismo. Hemos entrenado y sabemos algo con una implacable certeza: vamos a sufrir, vamos a experimentar la agonía y la fatiga llevada a extremos infinitos.

En estos dos últimos meses, 4 eventos pueden destacarse por su relación directa con nuestra primera prueba de ultrafondo pura y dura, y es que últimamente todo lo que hacemos está ligado irremediablemente al día D:

EVENTO 1: Entrenamiento Diezma – Granada. A finales de marzo nos encontrábamos en la localidad de Diezma antes de las 6:00 am un nutrido grupo ultrero con el propósito de cubrir la distancia de 46 kms, surcando toda la Sierra de Huétor. Una velada inolvidable, mágica, épica, bañados por una incesante lluvia, comiendo barro y conociendo parajes idílicos. Veredas paralelas a acequias, pistas forestales, valles, prados, cascadas ocultas... Inolvidable jornada y reto superado con creces.







EVENTO 2: III Trail Sierra de Huétor. 26 kms. Competición que muy a mi pesar me perdí el año pasado por mi lesión y a la que acudí como espectador. Este año habíamos entrenado el recorrido bastantes veces, con lo que la carrera no escondería ningún secreto. Muchísima lluvia, barro, condiciones pésimas, pero carrera realizada de menos a más y acabando con unas sensaciones óptimas. Puesto 27 con una marca de 2h 15'', aunque cuando la segunda parte de una carrera la haces superando rivales y cada vez más eufórico lo de menos el puesto. Un chute de moral y confianza.



EVENTO 3: Por un malentendido made in UK, mis Brooks Cascadia 7 verde lagarto no llegaron a mis manos. Se quedaron sin stock y no se molestaron en avisarme. En fin, busca zapatillas para el 101 a falta de un mes. Tienda física: más de 100 euros, fijo. Sondeo por todas las webs de venta online de material de running: infructuoso. Quiero, deseo las nuevas Saucony Progrid Xodus 3.0 pero superan los 120 euros. La suerte quiso que en una tienda nueva de Granada encontrase la Cascadia a 79 euros, precio imbatible. ¡Y azules! Menos feas... Son un guante: las estreno en el llano de la Perdiz y a pesar de ir cargado por el trail anterior mis piernas piden candela. 



EVENTO 4: Entrenamiento Huenes – Trevenque – Alayos – Ermita Vieja – Cumbres Verdes. Casi 52 kms con más de 4.500 metros de desnivel. Sin palabras. La dureza de esta velada se nos fue un poco de las manos, incluyendo cruce de ríos, pérdidas por senderos inundados de zarzas, subidas durísimas y bajadas técnicas que hicieron nuestra delicia. Sufrimos muchísimo, nos vaciamos, pero corrimos y anduvimos durante más de 7 horas. Un auténtico entreno ultrero 100%. Y las Cascadia han respetado mis pies.








Este domingo vamos al I Reto Trail Jamilena, prueba primeriza que promete. Además juego en casa, en mi tierra. Hay que rendir a tope, darlo todo y sentir, una vez más, lafusión de correr con la naturaleza. Este proceso de trailización se me antoja irreversible. Probaré el asfalto en dosis justas. Yo estoy hecho para el monte.